miércoles, 9 de marzo de 2016

PRÓLOGO DE «PAKIA - CÓMO SER FELIZ SIN NECESIDAD DE DIOSES»

Cabecera del libro Pakia: Cómo ser feliz sin necesidad de dioses

PRÓLOGO: UNA REFLEXIÓN EN ALTO

Existen ciertos temas realmente conflictivos a la hora de debatir —y de escribir—, pues rebosan pensamientos encorsetados y hieren susceptibilidades con extraordinaria facilidad. Dos claros ejemplos son el fútbol y la política; de un tercero, la religión, me veo obligado a hablar en el inicio de este libro. Pero descuida, seré breve, tan solo dedicaré parte de este prólogo y del primer capítulo. En estas páginas no tienen cabida los dioses… aunque tampoco se sentirían demasiado a gusto.

Aun con todo, permíteme la siguiente recomendación: si profesas una religión —la que sea— con tal convicción que jamás te has planteado la posibilidad de estar recorriendo un camino equivocado, si nunca has valorado la opción de que la realidad pueda ser diferente a como la concibes en la actualidad, te aconsejo que no sigas pasando páginas. No gastes tu dinero comprando este libro ni tu tiempo leyéndolo, pues es muy probable que, sin yo desearlo, lo que aquí se trate te ofenda o te disguste.

Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, lo que te voy a desvelar es compatible con muchas creencias, pues no necesitarás aceptar como verdaderas nuevas cuestiones indemostrables, ni tendrás que asumir confusas o interesadas interpretaciones. Tu fe permanecerá a resguardo… si lo deseas.

En los próximos capítulos, no pretendo revelar verdades absolutas ni ofrecer respuestas categóricas —ni sería capaz de ello—, únicamente describiré mi particular manera de ver la vida, mi humilde forma de entenderla y afrontarla. Un punto de vista diferente basado en un limitado conocimiento y una incipiente experiencia. Con tantos fallos, o peculiaridades, como puedo tener yo mismo. Porque creo, con sinceridad, que las ideas no se deben imponer, sino compartir. Y que no se han de acatar, solo se tienen que analizar, experimentar, seleccionar y adecuar a las necesidades de uno mismo.

Si vienes con la mente abierta, con actitud tolerante y estás preparado para explorar un nuevo camino, adelante, eres bienvenido. Si llegas como intransigente poseedor de la verdad, tratando de imponer tus ideas o con ánimo de destruir, mejor cambia de lectura. Para entrar aquí, lo aconsejable es que aparques un rato tus creencias en la puerta, pues ya tendrás tiempo de retomarlas cuando te marches. Da igual si eres cristiano, musulmán, judío, budista, ateo…, con la actitud adecuada, estoy seguro de que podrás sacarle partido, en mayor o menor medida, a este libro.

Tan solo pido respeto a mi persona, al igual que yo te lo concederé a ti, lo que no quita para que no comparta la falacia de que hay que respetar también toda opinión. Hay ciertas creencias que no lo merecen y todos podríamos poner cientos de ejemplos de ello, como aquellas que rebosan racismo, homofobia, violencia, machismo… o las que no son ciertas de un modo objetivo, como que la Tierra es plana.

Esto, que a todas luces parece razonable, se difumina cuando entramos en el terreno de la religión, como si la libertad de culto tuviera que estar por encima del resto de derechos humanos, cuando debería estar a la par. Que alguien pueda profesar y manifestar en público la creencia que quiera, no la convierte de forma automática en respetable y libre de mácula, pues todas aquellas que vulneren otros derechos humanos pierden, instantáneamente, tal condición. Dicho de otro modo, respeto que cada uno piense y crea lo que quiera, pero no tengo por qué hacerlo con todo aquello que haga y diga, ni estoy dispuesto a renunciar a mi derecho a manifestarlo de manera educada, razonable y proporcional.

Yo, sin ir más lejos, soy ateo. Esto no significa que no crea en nada, solo que no creo en Dios ni en ninguna otra fuerza sobrenatural. Y no me hace muy diferente al resto de las personas religiosas: ellas rechazan la existencia de miles de religiones —salvo la suya— y decenas de miles de deidades, y yo únicamente añado una más a una lista de parecida extensión.  

Aunque debo precisar que durante media vida fui agnóstico. Este término, en teoría, etiqueta a quienes piensan que el conocimiento divino es inaccesible al hombre, pero en la práctica identifica a los que ni creen en deidades ni dejan de creer en ellas. Ni teístas ni ateos. Durante muchos años, y pese a educarme en un colegio católico, me trajo sin cuidado si existía Dios. Seguramente, criarme en un hogar en el que casi no se hablaba de ello y acercarme a la ciencia tuvieron algo que ver. Hoy en día, su existencia me sigue preocupando lo mismo: entre poco y nada; aunque con un matiz, la veo bastante improbable, por decirlo de forma elegante.  

Como día a día el término ateo va adquiriendo, de manera infundada, una serie de connotaciones poco positivas, cada vez está más de moda el de agnóstico u otros como bright. Parece que generan menos confrontación y facilitan la aceptación. Yo seguiré usando el primero, porque no tengo nada que temer ni de lo que avergonzarme. El caso es que da igual cómo lo llamemos, no creo en Dios. Y no lo hago, principalmente, por dos razones: porque no hay evidencia alguna de que exista —y sí indicios para pensar que no—, y porque hacerlo no solo no me facilitaría la vida, sino que la volvería, bajo mi criterio, más ilógica e incoherente. A mí, lejos de darme respuestas o tranquilizarme, me generaría innumerables nuevas preguntas.  

Pero como ya he dicho, eso no significa que no tenga creencias. Nuestra mente está repleta de ellas o, de lo contrario, no podríamos afrontar el día a día. Son ideas que se asumen como ciertas lo sean o no. Son convicciones personales y se convierten en nuestro motor de acción, en el reflejo de nuestra forma de pensar y en la guía de nuestra conducta. Algunas las generamos nosotros mismos, pero la mayoría nos las transmite la gente que nos educa directa o indirectamente, y no solo estoy hablando de familiares o maestros.  

Nuestras creencias nos definen, nos dan forma. Acabamos identificándonos tanto con ellas que las sentimos parte de nosotros, se convierten en pilares de nuestra personalidad. Y esto conlleva que los seres humanos seamos muy reticentes a cambiarlas, porque admitir que una no es correcta es el equivalente a derribar uno de nuestros pilares: hace peligrar la totalidad de la estructura y, como consecuencia, nos desestabiliza.  

Con esto no estoy criticando que estemos repletos de creencias. Yo las tengo, todo el mundo las tiene, son necesarias para conformar una visión del mundo y para afrontar nuestra realidad. Es el excesivo apego a ellas lo que nos debilita. Deberíamos construir más pilares y más sólidos, y tendríamos que perder el miedo a derribar los que se vuelvan inútiles u obsoletos, y a levantar otros nuevos. Y si les vas a dar tanta importancia, al menos sé más exigente con ellos. No creas en algo solo porque lo hayas escuchado mucho, o a muchos, o porque lo haya dicho alguien más listo que tú, o más importante. Antes de formarte una opinión, investiga, analiza, reflexiona, experimenta… Y sobre todo, date tiempo… mucho tiempo… y sé muy crítico.  

El modelo de sociedad humana, la organización mediante la cual nos relacionamos con el prójimo, divide y polariza desde sus inicios. Crea bandos y usa, fundamentalmente, dos separadores para este propósito: las posesiones y las creencias —ya sean políticas, religiosas, sociales, económicas…—. Estas ideologías en común, lejos de limitarse a formar comunidades y a unir, suelen levantar trincheras con el objetivo de obligarte a que te posiciones. O estás de un lado o estás del otro, o dentro o fuera, o eres amigo o enemigo. Solo blancos y negros, sin grises.  

Esa concepción tan bélica de las creencias, y de la sociedad en general, fomenta que las personas se aferren a sus convicciones y sientan que cambiarlas sea como una traición a los suyos, una deserción que no será ni entendida ni perdonada. Por contra, atraer a otros a tu trinchera está bien visto, pues facilita que tu ideología se vuelva mayoritaria, tenga éxito y se imponga. Así pues, las creencias mal aplicadas tienden a convertirse en fuente de intolerancia y acaban creando comunidades que anteponen sus ideas al bienestar de la gente, credos por encima de las personas. Y una vez formas parte de un bando, se premia que abandones la razón en favor de las consignas y se castiga el espíritu crítico. 

 Quiero dejar claro, de nuevo, que esto no es una crítica a las creencias —ni a sus comunidades correspondientes—, sino al uso intolerante e impositivo que algunos hacen de ellas. Este libro es un compendio de las mías, una forma de compartirlas por si pueden ser de utilidad a alguien. Mis ideas sobre cómo ver, interpretar y afrontar la vida para ser lo más feliz posible. Y la manera de llevarlas a cabo sacando a los dioses de la ecuación, no vaya a ser que un día desaparezcan de los cielos, llevándose consigo tu felicidad, tus pilares y parte de tu vida. Porque en definitiva, si algo tengo claro, es que no confío exclusivamente en la razón, pero desconfío de todo aquello que la contradiga.  

— Alexander Nholan —

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